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Aulas y mujeres, la paradoja de las “primeras que llegan”

8 marzo 2011 0 Comentarios

Aulas y mujeres, la paradoja de las “primeras que llegan”

Beatriz Lorenzo

Faltaba todavía un siglo para que una Alemania inmersa en la vorágine fascista proclamase la tríada “Kinder, Kuche, Kirche” como la máxima aspiración de las “buenas mujeres”, pero en otro tiempo y en otro lugar algunas ya se resistían a apresar las rejas de la condición femenina decimonónica. En 1843, en un Madrid contemplado por los ojos de un Galdós todavía recién nacido, una gallega rompió con los moldes de su género al aventurarse en las aulas de la Universidad Central-ahora Complutense-para asistir como oyente y disfrazada de hombre a las clases de la Facultad de Derecho.

Aquella mujer se llamaba Concepción Arenal y poco imaginaba cuando se rebeló contra la decisión materna de enviarla a un colegio “para señoritas” que se acabaría convirtiendo en una de las primeras en tener entre las manos uno de los visados más potentes para la independencia: la educación.
Porque educación no era, como bien sabía Concepción, la mezcolanza compuesta por un poco de francés trastabillado, un par de sonatinas arrancadas al piano y-eso sí-unas sólidas nociones de economía doméstica. Y lo sabía por encima de las afirmaciones como las de Rousseau, que proclamaba en su “Emilio” que una mujer debía saber tocar el clavicordio no por los conocimientos musicales, sino- y solamente- por la belleza de sus manos sobre el instrumento. No imaginaba el filósofo que pocos años después nacería la que sería catalogada como la primera mujer compositora, Maria Agata Wolowsk, maestra de otro músico que sí alcanzaría la fama y la gloria: Frédéric Chopin.

Afirmaba Stendhal que “los genios que nacen como mujeres se acaban perdiendo para el gran público”. Pocas fueron en su siglo las que consiguieron “no perderse”, precursoras como la citada Concepción Arenal o María Elena Maseras, primera mujer en matricularse formalmente en una universidad española en 1875, o Dolores Aleu, primera en conseguir un doctorado en 1882. Todas ellas entendían la educación como un puente para llegar a la independencia, como una mejora de las condiciones de vida, como sinónimo de libertad. Todas ellas llevaron sobre sí, también, el letrero agridulce de ser “la primera mujer que…”

Ahora, en pleno siglo XXI, las mujeres son mayoría en los pasillos de la misma Facultad que Concepción Arenal recorría travestida y con disimulo. Mujeres licenciadas y en los cursos de doctorado, mujeres en las aulas pero no en los despachos que siguen siendo terreno vedado para ellas. Únicamente un 30% del personal investigador en las universidades españolas está compuesto por mujeres, y sólo un 10% llegan a ser catedráticas. Y las pocas que consiguen llegar a las cúpulas más elevadas de la investigación o la docencia, las pocas que obtienen el reconocimiento público de sus logros llevarán, como antes lo hicieron las precursoras, la etiqueta de “primera mujer que…”

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